Abril
1

Out of Time

Han pasado ya unos cuantos años, pero aún lo recuerdo como si fuese hace un par de meses. Recorríamos en autobús la parte mediterránea de España, sur de Francia e Italia hasta llegar a Roma. En el walkman (que compramos en Andorra) escuchábamos sin cesar Out of Time de R.E.M.; Radio Song sonaba al entrar en Niza; Losing My Regilion al hacerlo en Milán.

En ese viaje visité por primera vez Suiza, en la orilla izquierda del lago Como. Recuerdo esa noche con gran añoranza por la atmósfera de película de suspense que nos rodeó. Eran cerca de las 11 de la noche y la carretera se estrechaba cada vez más, pareciendo decir “no sigáis”. El cielo estaba despejado y había luna llena. A los lados de la carretera, árboles que parecían elevarse hasta tocar el cielo. De pronto llegamos a un claro en el que se encontraba el hotel en el que pasaríamos la noche. Éste, lo más parecido al de Psycosis en aquél momento, se encontraba situado en el borde del bosque, justo enfrente del parking del autobús. Recuerdo que hacía frío y se oían aullidos de lobos a lo lejos, por lo que entramos rápido en la recepción. El tutor ya se había apresurado a entrar un rato antes porque llegábamos tarde y no sabía si podríamos cenar.

Al entrar no cambió mi impresión de hotel de Psycosis. La recepción era toda de madera, el mostrador se encontraba frente a la puerta. A su izquierda, un pequeño pasillo y las escaleras para subir al primer piso. Tras el mostrador había una señora de edad avanzada que nos invitaba a pasar al salón para cenar. Éste se encontraba a la izquierda de las escaleras.

Habían dispuesto una mesa en forma de U. Sobre la presidencia había una pintura que ocupaba todo el alto de la pared y que representaba, en pose napoleónica, al que yo supuse sería fundador de aquel hotel/mansión. De las paredes laterales colgaban otras pinturas de menor tamaño y motivos diversos, y cada cierta distancia, una armadura. Cenamos muy bien, sobre todo por el hambre que traíamos.

Llegó el momento de subir a la habitación. El suelo de madera de los pasillos crujía bajo nuestros pies. Mi habitación estaba en el segundo piso. Al fondo del pasillo había una habitación que no tenía número en la puerta. Uno de mis compañeros decía que había entrado y que había visto una pistola sobre la mesilla. Supongo que formaría parte de la escenografía del momento.

La habitación era pequeña, con dos camas y un baño también pequeño. La ventana daba a un patio. La luz de la luna era la única que iluminaba lo que en él se encontraba. Sobre el suelo se veían lo que en aquel momento nuestras mentes, condicionadas por toda la situación, clasificaron como lápidas de mármol blanco.

Recuerdo que al acostarnos comentábamos acerca de si la puerta estaría bien cerrada o no. La verdad es que parecía que en cualquier momento esas pisadas que se escuchaban por el pasillo entrarían en nuestra habitación acompañadas por un hacha ensangrentada, deseosa de seguir con su trabajo.

Dormimos bien, a pesar de todo. Por la mañana todo se veía diferente. La luz del sol hacía que la señora de la recepción no diese miedo y en el exterior, un prado con caballos hizo que la imagen de hotel de Psycosis desapareciera de nuestras mentes. Al final las lápidas no eran tales, aunque sí eran piezas de mármol blanco.

Seguimos el viaje. El walkman reproducía Near Wild Heaven de camino a Venecia cuando uno de los profesores se dirigía a nosotros para decirnos que como estábamos cerca de Austria, íbamos a hacer una paradita no planeada para ver Innsbruck, en el Tirol.

Justo al lado de donde nos dejó el autobús había dos piscinas llenas de gente. Hacía calor en aquella época del año (julio). Inssbruck me gustó bastante, era la típica ciudad alpina de las películas.

De ahí llegamos a Venecia junto con Endgame. Seguimos después hacia Florencia y Pisa con Shiny Happy People y Belong. En pisa no pudimos subir a la torre porque estaba “demasiado” inclinada y habían prohibido las visitas hasta que inventasen algo para parar el aumento de la inclinación.

A mitad de camino hacia Roma dejaba de escuchar Half a World Away para escuchar las historias y chistes que contábamos en los grupos que habíamos formado.

Roma. Ya llegamos. Texarkana. Tuvimos un pequeño problema con el hotel: estaba lleno. Pero no se solucionó pronto, nos enviaron al Ritz. En Roma estuvimos dos días; pocos para ver todo lo que hay que ver en Roma. Aunque nunca había tenido el deseo de volver (me quedó una impresión muy caótica de la ciudad), escribiendo estas líneas se me ha despertado el gusanillo.

Cenamos en el McDonald de la Plaza de España, junto a la escalinata. Mientras estábamos allí, la policía invadió la plaza para desalojar a un grupo de manifestantes que protestaban por algo que no conseguí saber.

El Coliseo me defraudo un poco; en la televisión siempre se ve más monumental. Allí, con tanto turista y los coches pasando alrededor y el interior tan ruinoso… era otra cosa.

Hora de volver, Country Feedback para despedir a Italia y después de 15 días inolvidables, Me in Honey para despedirme de los compañeros y volver a la rutina de la vida.

Hay momentos en tu vida que hacen que no olvides ciertas canciones; y canciones que hacen que no olvides ciertos momentos; y a veces, momentos y canciones que se juntan para que tengas los mejores recuerdos.

El pasado, pasado es. Pero siempre podrás volver a recordar aquellos días y a escuchar aquella música una y otra vez. Y cada vez que lo haces, se te pone la piel de gallina, los pelos de punta y sientes un cosquilleo que recorre tu espalda hasta la base del cráneo. Cierta tristeza te invade por lo que ya pasó, pero te sientes afortunado de haberlo vivido.

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