A todos nos gustaría ser jefes; porque todos sabemos que los jefes no hacen nada, cobran más que tú y lo único que tienen que hacer es mandar.
Esa es la imagen predefinida que todos tenemos en mente. Sin embargo, me gustaría profundizar en las funciones que debe desempeñar un jefe, un buen jefe.
Está claro que el objetivo de cualquier jefe es que sus empleados produzcan lo máximo posible dentro de las capacidades de estos. Ahora bien, hay jefes que piensan que esto se consigue mandando, como si los empleados fuesen los protagonistas de cualquier juego de estrategia de ordenador y el jefe el jugador que decide qué muñequito va a por oro a la mina y cuál otro va a por madera al bosque. Y cuando nos ataca el enemigo, si no estamos preparados, cogemos muñequitos pinchando y arrastrando y los mandamos a piñón a por oro, a por madera, a luchar o a reparar el edificio central, sin ningún orden y casi en plan desesperado, mientras medio gritamos (a veces para nuestros adentros y otras con viva voz) “¡jo***!, ¡pero de dónde salen tantos!… ¡tú!, ¡venga rápido!… ¡NO! ¡la fábrica no!… ¡Pero no vayas por ahí! ¡Ve por el otro lado!…”.
Pues algunos jefes se comportan así con sus empleados, cambiando los enemigos por fechas de entrega o por otros superiores, pero, por lo demás, igual.






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